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Reflexiones Iluminadoras de nuestro Plan de Pastoral

(A la luz de la visita pastoral)

¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: "Este comenzó a edificar y no pudo terminar" (Lc. 14, 28-29).

I. “La dimensión contemplativa de la vida”.

Entre las muchas cosas que he podido observar y admirar en estos meses de visita pastoral, junto a las esplendidas iniciativas que florecen en toda la Diócesis por obra de los bautizados tanto sacerdotes como laicos, me parece muy útil recordar la importancia de crear en las parroquias y comunidades más espacios, específicamente dedicados a la reflexión contemplativa, con la participación más activa y presencial de los sacerdotes, y religiosos(as), no para disminuir el compromiso sino para hacerlo más consciente y atento.

El constructor de la Parábola evangélica arriba señalada, que antes de comenzar la torre se sienta y hace sus cuentas no pierde el tiempo, sino que lo gana. El trabajo resultará más ágil y satisfactorio. Debemos entender que nosotros corremos el riesgo de ser víctimas del activismo y nos invita esta parábola, a encontrarnos a nosotros mismos creando espacios de silencio, de oración y de contemplación.

Quiero que tengamos presente que la urgencia, y la efectividad, en nuestro trabajo pastoral no son la ley suprema, no son una condena inevitable. Estas son vencidas por un sentido más profundo del ser del hombre, por una vuelta a las raíces de nuestra existencia. Este sentido del ser cristiano y esta vuelta a nuestras raíces nos permiten mirar con más firmeza y serenidad los graves cuestionamientos que la defensa y la promoción de la convivencia civil nos presentan cada día. “Nuestra Iglesia” nacida de la Palabra de salvación, construida por los sacramentos, guiada por el Señor y por el Espíritu Santo que distribuyen los diversos ministerios, tiene la tarea de asumir la urgencia y el compromiso de la promoción integral humana y dirigirla hacia algo que no se limita a la promoción horizontal, sino que constituye un “plus” que no es facultativo, sino esencial y decisivo para la salvación del hombre. Es “más” evangélico, esa tensión y vocación del hombre hacia algo que lo trasciende, ¿no exigen tal vez, para ser comprendidas y acogidas un espacio de silencio, de oración, una actitud contemplativa? Pero a esto se opone la multiplicidad y la urgencia de las tareas cotidianas que tienden a dividir al hombre, a sumirlo en toda clase de preocupaciones y a aturdirlo con miles de sensaciones diferentes.

Me parece que estamos en el momento de nuestro plan de pastoral, de recordar, con vistas a un seguimiento de Cristo más intenso y armónico, que el hábito de la contemplación y del silencio, fecunda y enriquece la oración vocal y comunitaria; que no se da acción o compromiso que no surjan de la verdad del ser profundo del hombre que ha sido renovado y exaltado en Cristo… podríamos decir que la oración es, de alguna manera el ser mismo del hombre que se hace transparente a la luz de Dios, se reconoce por aquello que es y al reconocerse, reconoce también la grandeza de Dios, su santidad, su amor, su voluntad de misericordia, en suma, toda la realidad divina y el plan divino de salvación tal como se han revelado en el Señor Jesús crucificado y resucitado.

Lo que favorece a un ambiente de silencio, de oración y de contemplación para revitalizar y continuar nuestro plan de pastoral son importantísimas las actitudes de: la oración en silencio, la escucha de la Palabra, la meditación bíblica y la reflexión personal íntima y vitalmente unidas y vinculadas a la Eucaristía. Ampliemos en nosotros y en los demás, los momentos de pausa contemplativa, de silencio reverencial, de oración fecunda. Y esto se puede lograr creando en cada comunidad parroquial y diocesana “las escuelas de oración”.

“En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella existía al principio con Dios” (Jn. 1,1-2).

ll. “En el principio, la Palabra”.

Quiero insistir en la construcción de nuestro plan de pastoral, en la primacía de la Palabra, que exige la conversión del corazón. De aquí quiero subrayar la necesidad de la Lectio Divina, la lectura, el estudio y la meditación de la Escritura, porque de esta Palabra emerge el núcleo central de nuestra predicación, de nuestra catequesis y de nuestros apostolados.

La primera en romper el silencio, en decir nuestro nombre, en dar un proyecto a nuestra vida, es la Palabra de Dios. Es en esta Palabra donde el nacer y el morir, el amar y el darse, el trabajo y la sociedad, encuentran su sentido último y una esperanza. El Cardenal Martini recomienda encarecidamente al acercarse a esta Palabra, la siguiente actitud: “quisiera que todos los que la leen participaran en el temor que me invade en este momento y se pusieran espiritualmente de rodillas conmigo para adorar con emoción y alegría el misterio de un Dios que se revela y se comunica, que se hace “Buena noticia” para nosotros, evangelio. Únicamente en esta actitud de oración y de obediencia profunda a la Palabra, siento que puedo decir algo, consciente de la insuficiencia de mis palabras para hablar de lo que es en realidad un misterio tremendo y fascinante” (2a. carta pastoral a la Arquidiócesis de Milán, 1981).

La Palabra que Dios nos ha comunicado en Jesús, que ha suscitado formas siempre nuevas de vida, que ha alimentado durante siglos nuestra tradición cristiana, puede ayudarnos a encontrar valores comunes y creativos. Para sintonizar con esta Primacía de la Palabra es preciso acercarnos a ella con una cierta sencillez humilde y desarmada, unida a una mayor atención al texto bíblico, tal como se desprende los estudios patrísticos y bíblicos recientes. Afortunadamente, he constatado que la predicación se va orientando cada vez más en este sentido. Pero puede surgir un nuevo riesgo: acercarnos al texto bíblico con una cierta actitud de enseñanza, como tratando de dar del mismo una explicación que tenga en cuenta las sutilezas y matices de las páginas de la Escritura, pero una explicación, que en todo caso se convierte en abstracta y cerrada en sí misma.

El ser humano no puede anticipar, determinar y decidir qué puede decir Dios al hombre, con cuánta intensidad y fuerza comunicativa. La única anticipación, la única decisión que compete al hombre frente a la Palabra es la de un silencio lleno de espera, de respeto y de obediencia. ¿Qué formas imprevisibles de comunicación ha decidido Dios emplear en su infinito amor? Lo imprevisible aconteció en Jesús de Nazaret. “La Palabra estaba junto a Dios, la Palabra era Dios, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn. 1, 1-14).

Estas breves reflexiones sobre la Palabra de Dios, que ilustran sus diversos significados y aspectos, unificándolos y concentrándolos en Jesucristo, nos previenen para no aislar la Biblia que la fe reconoce como Palabra de Dios de un modo privilegiado y normativo, sino a situarla en el contexto de unas relaciones relevantes. Ante todo, la Biblia tiene su lugar en la Iglesia; el acceso a la Sagrada Escritura, por consiguiente, exige también una consonancia cordial y activa con la fe de toda la Iglesia. Esto debe sonar, antes que nada, como una llamada a estar de acuerdo con las indicaciones claras del Magisterio. De hecho, el ministerio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado al único Magisterio de la Iglesia.

Es necesario que la Primacía de la Palabra sea algo vivido. Ahora, por lo que he visto no lo es tan evidente. Nos regulamos, también en el bien, a partir de algunas buenas costumbres y de algunos principios de sentido común; nos referimos a un contexto tradicional de creencias religiosas y de normas morales recibidas. En los mejores momentos sentimos un poco más que Dios es algo para nosotros, que Jesús representa un ideal y una ayuda. Pero, más allá de esto, por lo general apenas experimentamos cómo la Palabra de Dios puede llegar a ser nuestro verdadero apoyo y ayuda e iluminarnos sobre el “Dios verdadero”, cuya manifestación nos llenaría el corazón de alegría. Rara vez tenemos la experiencia de cómo el Jesús de los evangelios, conocido gracias a la escucha y la meditación de las palabras bíblicas, pueda llegar a ser verdaderamente “Buena Noticia” que nos transforme; cómo puede ahora para mi, en este momento particular de mi historia, hacerme ver desde una nueva y entusiasta perspectiva mi lugar y mi tarea en esta sociedad, darle la vuelta a la idea no tan correcta y triste que me había hecho de mi y de mi destino.

Por consiguiente, debemos acercarnos con humildad y veneración a la Palabra de Dios, proclamándola de una manera más atenta, sentida y preparada en las lecturas bíblicas de la Eucaristía. Por consiguiente, es urgente que os acerquemos a esta Palabra de Dios, por medio de la frecuente Lectio Divina y a vivirla y profundizarla en “las escuelas de la palabra” parroquiales y de sus comunidades, que son reuniones de fieles en las que se enseña cómo leer un texto bíblico empleado sobre todo en la liturgia para saborearlo en la oración y aplicarlo a la propia vida.

Por tal motivo, es fundamental tener en cada comunidad católica, lo más pronto posible un proyecto de “Escuela de la Palabra” que nos acerque a Jesucristo y que ahí aprendamos a orar a partir de la Escritura. Esta Escuela de la Palabra de Dios es uno de los métodos posibles, pero no es el único. La idea de fondo: es que toda catequesis, toda predicación, toda homilía nos enseñe a ponernos frente a la Palabra, para que oremos todos a partir de la Palabra, Jesucristo.

“Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.”. (Jn. 12, 32).

III. “Atraeré a todos hacia mí”.

Los invito encarecidamente a que nos acerquemos a la gran riqueza que celebramos periódicamente, la Eucaristía, que es la fuente de la que se nutre la vida cristiana y es manantial de la oracion comunitaria propia de los seguidores de Jesús. A la luz de la Eucaristía adquieren pleno valor la liturgia y la oración, y tiene sentido el hecho de que los cristianos estén reunidos. Subrayo aquí la perspectiva de una comunidad cristiana que debe convertirse en lugar de vida para todos. Pues la Eucaristía crea la comunidad y la educa para la comunión

En lo poco que he visto en la visita pastoral a la diócesis, he advertido en ocasiones una sensacion de fatiga. No pienso que se deba solamente al cansancio físico; tal vez se trata también de una fusión imperfecta de los corazones en la asamblea, un camino eucarístico aún un tanto incierto. La experiencia enseña que detrás de una celebracion imperfecta hay una vivencia también imperfecta, personal y comunitaria. Si la Eucaristía es el centro de la comunidad, entonces se convierte, en cierto modo, en su espejo.

“Poner la Eucaristía en el centro” es el programa que nos proponemos en la confección y en la acción de nuestro plan de pastoral. ¿Por qué es importante poner la Eucaristía en el centro?... Lo expreso con una comparación que, además, tiene muchas afinidades con la Eucaristía. Pienso en la función que desarrolla, o debería desarrollar, la comida en la vida de una familia o de una comunidad. Es un momento entre otros muchos, y sin embargo se carga de significados y de valores que van mucho más allá del gesto exterior. Durante la comida se habla, se dialoga sobre los temas comunitarios, se analiza la situación, se piensa en el futuro. Los bienes que se intercambien y se comparten en la comida común se presentan como el símbolo concreto de los bienes a los que tiende la convivencia familiar o comunitaria. Algo similar, sucede en la Eucaristía, que es, en ciertos aspectos, un episodio determinado y limitado en la vida de la Iglesia. Y, sin embargo, sin perder nada de su concreción y determinación, se trasciende en un instante decisivo y configurador de toda la vida comunitaria. En efecto, ella, en su identidad real, aunque misteriosa, con el Señor sacrificado por nosotros en la Pascua, nos asegura el contacto vivo con Cristo, centro objetivo de la vida de la Iglesia y de toda la historia humana.

Observando la manera de comportarse de la gente, basada en los valores cristianos, se ha deteriorado, ante los problemas relacionados con la falta y dignidad de empleo, con los conflictos sociales, con la cultura del bienestar, con las difíciles relaciones entre las generaciones, hasta llegar a los temas relativos de la inmigración y el terrorismo. También he notado una tendencia al derrotismo y a la falte de compromiso por los casos de corrupción.

Propongo como respuesta “la unidad que la vida humana encuentra en la Eucaristía”, e invito a todos los cristianos a “favorecer la irradiación de este misterio en todo ámbido de convivencia”. Este volver a la Eucaristía es un antídoto efectivo contra las contraposiciones en el seno de nuestra Iglesia diocesana, como la existente, por ejemplo, entre las parroquias, por un lado, y las asociaciones y movimientos, por otro. (Los sacerdotes diocesanos y religiosos).

Celebremos pues, nuestra Eucaristía como el sentido más profundo de la celebración de nuestra fe, siempre con dignidad y peculiaridad que le es propia. Celebrando así la Eucaristía, nos transformaremos y seremos hombres y mujeres constructores de paz y de esperanza. Paz y esperanza dones que Jesucristo en su Evangelio ofrece a nuesta comunidad diocesana, pero necesitamos estar disponibles con una vida intachable y honesta, para construirlos junto con Cristo.

Una comunidad que se deja formar verdaderamente por la Eucaristía, comprende, ante todo, que Jesús quiere atraer hacia sí a todos los hombres. De ahí que se convierta en una comunidad que va siempre más allá de sí misma, se siente enviada por Cristo a cada hombre y no se resigna hasta que el evangelio de la Pascua haya llegado a todas las situaciones humanas.

La Eucaristía es fuente inagotable de vida que nos impulsa y envía a defender claramente la vida en la sociedad contemporánea: “Pues necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo” (AP. 363), porque: en todo momento la defensa de la vida es el signo fundamental del anuncio del Reino. Si se carece de una visión unitaria, es fácil caer en una serie de contradicciones. Basta un solo ejemplo, relativo a la dignidad humana. Ha madurado una fuerte conciencia civil de la libertad y la dignidad de la persona. Se hacen grandes campañas y se dedican emisarios, tiempo y energias para librar a muchos seres humanos de la guerra, la enfermedad, el hambre, los ambientes perjudiciales, etc. Extrañamente, sin embargo, junto a estas actitudes constructivas se registran fenómenos de signo contrario: el aborto y la eutanasia; la carrera armamentalista desenfrenada; la mentalidad violenta generalizada; la falta de respeto por el contexto físico, psíquico, sexual, afectivo y familiar en que la vida humana nace y se desarrolla; la espantosa propagación de la droga; el recurso a la intervención violenta en lugar de recurrir a las mediaciones del diálogo para resolver los conflictos entre los pueblos.

Finalmente, los invito al redescubrimiento “inteligente y actualizado de las antiguas tradiciones”, fiestas patronales, procesiones, cabalgatas, piedad popular, para volver a descubrir el gusto por el tiempo libre y por el descanso, un gusto que renace del encuentro eucarístico.Y ratifico que “la misa frecuente sigue siendo una meta importante para todo cristiano que quiera vivir en plenitud su pertenencia a Cristo”

“En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los once y a los demás que estaban con ellos”. (Lc. 24, 33).

IV. “Partir de Emaús”

Este pasaje profundiza el tema de la misión de nuestra Iglesia diocesana pues nos hace reflexionar sobre el hecho de que la misión forma parte de la esencia misma de la Iglesia. He constatado en la visita pastoral que en algunas parroquias este aspecto tan importante de la misión no ha calado en toda su profundidad; aunque también he visto algunos sectores de los agentes de pastoral muy comprometidos con la misión permanente de la Iglesia. Por esta razón, los invito a que a la luz de la Palabra de Dios, nos convenzamos de esta misión, que constituye el núcleo principal de nuestra pastoral para lo cual la Iglesia fue fundada.

También he notado que un buen número de parroquias son presa de una auto-ocupación que a menudo no deja espacio a la misión. Debemos efectivamente reconocer que, en la mayoría de los casos nuestras comunidades parroquiales son tan ricas en actividades organizativas y administrativas, en iniciativas tradicionales, en movimiento de personas que giran en torno al sacerdote, que podrían vivir, si quisieran, dedicadas a su auto conservación, al abrigo de fuertes provocaciones misioneras… En esta atmosfera, la misión acaba considerándose como una añadidura, como un momento episódico, como una tarea para unos cuantos, no como un compromiso fundamental y constante de toda la comunidad. Esta manera de hacer pastoral, puede traer como resultado, que la acción de los movimientos y de los grupos, al no encontrar el modo de sintonizar con el estilo general de la comunidad, corre el riesgo de disolver la propia carga explosiva y profética en actitudes de resentimiento, de paralelismo y de contraposición.

En el pasaje de Emaús: la iniciativa del encuentro es tomada por Jesús. Los discípulos no solo no hacen nada para que pueda producirse el encuentro, sino que incluso le oponen el obstáculo de la decepción, de la renuncia a creer y a esperar. Sin embargo, Jesús da relieve a la libertad de los discípulos, que, si bien antes estaba desanimada y era derrotista, ahora va regenerándose poco a poco y abriéndose a la esperanza, a la confianza en el plan de Dios sobre la historia humana… También las relaciones libres entre las personas se incluyen en la novedad de vida. Los discípulos no quedan solos. Sienten la necesidad de hablar entre sí, no ya para comunicarse, como pocas horas antes, sus amarguras y sus decepciones, sino para estimularse recíprocamente con el recuerdo del corazón ardiente que ha suscitado en ellos el encuentro con Jesús Resucitado. Sienten sobre todo la necesidad de correr a Jerusalén, para contar cuanto han vivido, para volver a unirse a la comunidad de los discípulos y para disponerse a una misión que los comprometerá a ser testigos del Resucitado ante todo el pueblo y todo hombre hasta los confines de la tierra.

Este mismo pasaje nos subraya, el contenido de la predicación misionera: Esta es rigurosamente cristocéntrica. La Iglesia apostólica no se ve tentada a hablar de sí misma y de sus problemas: estos los resuelve predicando a Jesucristo, su vida entre la gente, su muerte y su resurrección. Misión de la Iglesia que tiene como sujeto central el hombre. No el hombre abstracto sino real, el hombre concreto e histórico (RH. 13).

Nuestra Iglesia manifestará verdaderamente a Jesucristo cuando muestre que en él todo ser humano es comprendido, amado, perdonado y salvado. Por consiguiente, nuestra Iglesia tiene que ir al encuentro de cada ser humano tal como es, para hacerle ver cómo debe ser; tiene que abarcar al hombre con todo su bagaje de cualidades, esperanzas, pecados y problemas, para indicarle el camino, junto con él, hacia Jesucristo.

Así mismo, es importante señalar que la tradición viva de la Iglesia enseña que en la realidad histórica, la misión ha precedido a la comunidad y la ha constituido. La apostolicidad funda la catolicidad. Primero esta acción misionera del apóstol, que va de lugar en lugar anunciando la resurrección, predicando el evangelio y congregando a los creyentes en torno a la memoria eucarística de la Pascua. La constitución de las comunidades y sus articulaciones, también de tipo territorial y administrativo, nacen enseguida para dar una forma comunitaria concreta a la acción misionera y para irradiar de un modo más orgánico y capilar la fuerza de la misión apostólica. La carga misionera que irradia desde la comunidad manifiesta, por tanto, la riqueza apostólica que la constituye.

Para estimularnos y animarnos en nuestra acción misionera conectémonos imaginativamente con los discípulos de Emaús y digamos esta oración: Señor Jesús, gracias porque te has hecho reconocer al partir el pan. Mientras corremos hacia Jerusalén nos deja casi sin aliento la urgencia por llegar pronto, y el corazón nos late fuertemente por un motivo muy profundo. Deberíamos estar tristes porque ya no estás con nosotros. Y, sin embargo, nos sentimos felices. Nuestra alegría y nuestro regreso apresurado a Jerusalén, dejando la comida a medias encima de la mesa, expresan la certeza de que tú estás ahora con nosotros. Hace pocas horas que te tropezaste en este camino con nosotros, cansados y decepcionados. No nos has abandonado a nosotros mismos y a nuestra desesperación. Nos has inquietado con tus reproches. Pero, sobre todo, has entrado dentro de nosotros. Nos has develado el secreto de Dios sobre ti, escondido en las páginas de la Escritura. Has caminado con nosotros como un amigo paciente. Has sellado la amistad partiendo el pan con nosotros, has encendido nuestro corazón para que reconociéramos en ti al Mesías, el Salvador de todos. Al hacerlo así, has entrado dentro de nosotros… Tú estás siempre con nosotros. Somos nosotros, en cambio, quienes no siempre estamos contigo, no moramos en ti. Por eso no sabemos llegar a ser tu presencia al lado de los hermanos”. He descubierto que debemos de darle más importancia a nuestra presencia frecuente en las comunidades que pertenecen a nuestra parroquia.

Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. (Lc. 10, 34).

V. “Hacerse prójimo”.

El fruto único que debemos de buscar en nuestro plan de pastoral, en nuestra evangelización es la caridad. Esto lo vemos claramente en la imagen del buen samaritano, en ella Jesús expresamente no responde con una frase o con una definición de prójimo al doctor de la ley, porque ve que ese modo no obtendrá fruto, cambio en su vida, en el que le pregunta (San Cirilo de Alejandría, Comentario a Lucas, Homilía 69). El responde con esta parábola donde el peor enemigo del Israelita que había caído en desgracia se convierte en su prójimo. Esta narración al intervenir un doctor de la ley, un sacerdote y un levita “un seminarista”, nos cuestiona fuertemente al interior de nuestra Iglesia sobre la práctica de la caridad. San Agustín nos dice que los personajes que intervienen en la narración y examinan a Jesús, sobre quién es nuestro prójimo: doctor de la ley, sacerdote y levita no tienen ni tendrán algún progreso en su fe sobre la vida eterna, hasta que no reconozcan que ellos son el hombre caído en desgracia y Jesús, su paisano, quiere ser su prójimo, y actuar con ellos de la misma manera que el samaritano (La Doctrina Cristiana I, 30, 33).

En cambio el samaritano nos recuerda la urgente necesidad de acoger cordialmente a todo hombre en las situaciones difíciles de la vida, de una manera efectiva y práctica, sin buscar explicaciones.

En la vida cristiana, la caridad ocupa indudablemente el primer puesto y no tolera incertidumbres ni retrasos. Sin embargo, una reflexión orgánica y programática sobre la caridad exige que ésta se inserte en un camino de fe. La caridad, en efecto, es inseparable de la vida de fe. La caridad, cada uno de los creyentes y toda la Iglesia se expresan a sí mismos, expresan su identidad profunda. Ahora bien, la identidad profunda del cristiano y de la Iglesia es el seguimiento, el discipulado, la obediencia y el testimonio con respecto a Jesús.

Por consiguiente, hay un estrecho vínculo entre fe y caridad, entre celebración litúrgica y caridad. Cuando el cristiano, profesando explícitamente la fe y celebrando los actos litúrgicos, se da cuenta de la inmensa caridad que Cristo tiene para con él y para con todo hombre, no puede permanecer indiferente. También él quiere gastarse totalmente por los hermanos. En este deseo inspirado por la fe resuenan otros deseos, espontáneos y reflejos, que experimentamos ante los problemas de nuestros hermanos. Sus necesidades nos conmueven. Su pobreza nos impulsa a privarnos de algo para socorrerlos. Sin embargo, no siempre sucede así. A menudo los creyentes se llenan la boca de palabras, pero no hacen la voluntad del Padre; mientras que es posible encontrar realismo, concreción, compromiso fraterno, correspondencia implícita a los deseos de Dios en quien no tiene explícitamente con Él una relación de fe y de culto.

Los invito a que en esta semana de pastoral tomemos la decisión más pertinente y concreta de revisar nuestra manera de ser prójimo y los organismos que tenemos para practicar la caridad cristiana. Y que reactivemos un plan concreto de purificar, de practicar y de continuar con un “plus” el fruto por excelencia de nuestra pastoral, la caridad.

Les sugiero que por decanato iniciemos la creación de escuelas de formación, de educación en la práctica auténtica de la caridad.

† Felipe Padilla Cardona.

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