Domingo 26 del Tiempo Ordinario - B

Autor: 
Pbro. Enrique Martinez Lozano

Mc 9: 38-48

EL SERVICIO A LOS OTROS,
CLAVE Y FUNDAMENTO

La expresión “no es de los nuestros” refleja una actitud etnocéntrica, característica del nivel mítico de conciencia. A nivel de desarrollo individual, es la conciencia propia de los niños entre 3 y 7 años; a nivel colectivo, es lo que vivió prevalentemente la humanidad entre los años 10.000 y 1.000 antes de nuestra era. Sin embargo, eso no significa que no queden todavía en los humanos (demasiadas) huellas de ese modo de ver y de reaccionar.

Con expresiones de ese tipo, desde aquel nivel estrecho de conciencia, parecen justificarse comportamientos de tipo exclusivista e intolerante. Porque la humanidad queda dividida en dos grupos: “los nuestros” y “los que no lo son”. A partir de ahí, estos últimos no son vistos como “sujetos de derechos”, por lo que no merecen recibir el mismo trato que aquéllos.

Desde esta perspectiva, los seres humanos han cometido –siguen cometiendo- aberraciones sin cuento. Desde juzgar “meritorio” dar muerte a los “enemigos”, hasta eliminar físicamente o silenciar a quien discrepa de las propias creencias, consideradas como “las únicas verdaderas”.

Donde hay “espíritu de tribu” o de “pueblo elegido”, de “secta” o de “clan”, es imposible que no surjan actitudes intolerantes: la mentalidad mítica fractura la conciencia de unidad entre todos los humanos; a partir de ahí, verá el mundo como escenario de división y enfrentamiento.

Como queda claro en el texto del evangelio, el criterio ya no es lo que la persona hace, sino que “no es de los nuestros”. De hecho, de él se dice que “expulsaba demonios” y que lo hacía “en nombre” de Jesús (literalmente: “invocando tu nombre”).

Sabemos que, en el evangelio, “expulsar demonios” describe la misión de Jesús y de los discípulos –que, en su momento, son enviados con ese poder-; y sabemos también que con esa expresión se quiere significar “ayudar a vivir”, liberar a la persona de todo aquello que la tiene sometida y anulada.

Es decir, se trata de alguien que hace lo mismo que Jesús, invocando además su nombre. Pero eso no cuenta para unos discípulos fanatizados por sentirse “especiales”. Actúan como las autoridades religiosas que condenan a Jesús por curar a un hombre en sábado, olvidándose de la pregunta decisiva que el Maestro planteó en aquella ocasión: “¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o el mal?” (evangelio de Marcos 3,4).

En “olvidos” de este tipo podemos caer también nosotros, cuando hay “intereses” o prejuicios que nos ciegan. En esos casos, no nos alegramos espontáneamente por el bien que cualquiera pueda hacer, sino que nuestra postura estará condicionada por la “etiqueta” previa que hayamos puesto a esa persona.

La respuesta de Jesús no sólo pide respeto hacia ese hombre, sino que lo considera un “aliado”. Toda persona que favorece la vida, en cualquier nivel y dimensión, está “a favor nuestro”.

Tras este paréntesis provocado por la intervención de Juan, Jesús vuelve al tema de la “acogida” y de los “pequeños”: “El que acoge a un niño como éste en mi nombre a mí me acoge”.

Valora la acogida que dispensen a los discípulos por “seguir al Mesías”. Pero acaba de decirnos en qué consiste ese seguimiento: en hacerse como un “niño”, “el último de todos y el servidor de todos”. No es un seguimiento “de palabra”, ni mucho menos un privilegio, que eleva el estatus del discípulo.

Sabemos que, entre los humanos, es una tentación frecuente el buscar reconocimiento, usando cualquier medio. Y de esto no se han librado tampoco los eclesiásticos: títulos, gestos, posesiones, ropajes… no casan bien con el mensaje del Maestro.

No debería extrañarnos que mucha gente que admira a Jesús se posicione contra la Iglesia que más se ve: no perciben que “siga al Mesías”; ¿cómo la van a acoger?

Sigue el tema de los “pequeños” y del “escándalo”, que hay que leer con el trasfondo del episodio anterior. Cuando esto se olvida, se hacen lecturas “espiritualistas” e “interesadas”, aunque sea inconscientemente.

Así es frecuente escuchar a autoridades religiosas decir que no se puede “poner en peligro” la fe de “los sencillos”, porque eso sería “escandalizarlos”; y recuerdan la gravedad de las palabras de Jesús.

Los “pequeños”, en este contexto, no son los “sencillos” de este otro lenguaje, sino aquéllos que se acercaban a la comunidad cristiana esperando encontrar un espacio de iguales, y de pronto descubrían guerras de poder y pretensiones de superioridad. (Juan Mateos cree que podía referirse a los discípulos provenientes del paganismo, frente a quienes los judeocristianos mantenían actitudes dominantes).

El “escándalo”, por otra parte, no tiene que ver con “ideas” o “palabras”, sino con comportamientos respecto a los otros. ¿Quién teme las palabras y las ideas si no es el que tiene miedo a su propia inseguridad, o quien pretende que nadie contradiga sus propias creencias o puntos de vista?

Si fuera cuestión de ideas o palabras, habría que considerar al propio Jesús como un gran “escandalizador”: su actitud frente a la Ley, al sábado, a la autoridad religiosa, al templo, a la religión en general… fue tremendamente crítica y provocativa. Sus oyentes se sintieron profundamente “escandalizados”, sus familiares pretendieron encerrarlo en casa porque creían que estaba loco, y la autoridad, que lo acusó de “pecador, “endemoniado” y “blasfemo”, terminó ejecutándolo…

Por eso, cuando ahora las ideas y las palabras son perseguidas por la autoridad religiosa, apelando al “escándalo” que pueden producir en los “sencillos”, se está haciendo un uso ideológico del texto evangélico, con el único propósito (quizás inconsciente) de defender y mantener la propia posición.

Resulta irónico –si no fuera trágico- que la autoridad actúe hoy de la misma manera que entonces, con el añadido de que ahora dice hacerlo en nombre de Jesús. Indudablemente, el mismo Jesús sería hoy de nuevo acusado de “escandalizar” a sus oyentes… Sin embargo, la realidad fue que la gente “sencilla” de Galilea, no sólo no quedaba escandalizada, sino que se empezaba a sentir liberada.

Escándalo –en el contexto del evangelio de Marcos- es la ambición de grandeza. Es esa actitud la que deforma el mensaje de Jesús que ha colocado como prototipo del discípulo a aquél –el “niño”- que no tiene ningún derecho, sino que actúa siempre como “el último” y “el sirviente” de todos. Escandaliza, por tanto, quien pretende ser superior.

Y es aquí, frente al escándalo, donde las palabras de Jesús adquieren singular dureza. Con todo, no hay que verlas como amenaza, sino como un modo de subrayar la gravedad de aquella deformación.

Esa deformación, con el consiguiente escándalo, puede venir de tres lados que, de acuerdo con la antropología bíblica, se señalan a través de tres órganos del cuerpo: la mano, el pie y el ojo.

  • La mano simboliza la actividad;
  • el pie, la orientación en la vida o la conducta;
  • el ojo, los deseos.

Quien conociera el modo como los antiguos usaban el cuerpo para señalar actitudes, leería el texto de este modo:

“Si tu manera de actuar te pone en peligro –te hace vivir desde y para la ambición-, cámbiala. Si vas por un camino equivocado, que no lleva a la entrega y al servicio, modifica el rumbo. Si tus deseos no van en esa misma línea de amor servicial a todos, transfórmalos”.

¿Para qué esos cambios? Para “acertar” en la vida, para “entrar en la vida”, en definitiva, para vivir en plenitud. El actuar, la conducta y el deseo equivocados nos alejan de la Vida (y de los otros), encerrándonos en nosotros mismos: terminamos en la asfixia.

Esa asfixia o muerte es la que se nombra como “abismo” (en otras traducciones, “infierno”). El término griego original es gehenna, que significa, literalmente, “quemadero”: era el valle donde se quemaban las basuras de Jerusalén, lugar por tanto de fuego permanente (“fuego que no se apaga”), donde todo era destruido. “Donde el gusano no muere y el fuego no se apaga” es una cita tomada del Libro de Isaías (66,24), que indica bien el modo como el cuerpo desaparece: por extinción o por cremación.

La conclusión es clara: si no me hago “niño”, si no me sitúo como “el último de todos y el servidor de todos”, si no oriento mi vida en la dirección del amor servicial a los otros, la estoy perdiendo, la estoy echando a la basura, la estoy “quemando”.

No valen de nada los títulos ni las creencias; lo que cuenta, para el discípulo individual y para la Iglesia en su conjunto, es el servicio efectivo que no busca defender los propios “intereses”, sino el bien de las personas.

Enrique Martínez Lozano