El Bautismo del Señor

CATEQUESIS SOBRE EL BAUTISMO DE JESÚS Y NUESTRO BAUTISMO En Lc. 3, 15-16. 21-22:

Escrito por: S.E. Don Felipe Padilla Cardona

En aquel tiempo, como el pueblo estaba en expectación y todos pensaban que quizá Juan el Bautista era el Mesías, Juan los sacó de dudas, diciéndoles:

“Es cierto que yo bautizo con agua, pero ya viene otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias. El los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”.

Sucedió que entre la gente que se bautizaba, también Jesús fue bautizado. Mientras éste oraba, se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma sensible, como de una paloma, y del cielo llegó una voz que decía:

“Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco”.

En el año litúrgico la fiesta del nacimiento de Jesús es seguida por la celebración de su bautismo por los grandes paralelos que hay entre estos dos eventos: “hoy, en cierto sentido celebramos otro nacimiento del Salvador. Porque los vemos acompañados con los mismos prodigios, los mismos milagros, pero con un misterio más grande en su bautismo. Pues el Espíritu Santo que lo fecundó en el seno de María, ahora lo consagra con su luz en las aguas del Jordán. Quien por medio de él conservó la castidad de María, ahora también por él santifica las corrientes de agua. El Padre que entonces lo escondió con su gran potencia, ahora lo proclama públicamente con su voz; y casi por medio de una más meditada deliberación Aquel que entonces rodeó de silencio su nacimiento, ahora da público testimonio de la verdad. Pues Dios dice: Éste es mi Hijo predilecto; en ti me complazco. Este segundo nacimiento, el Bautismo de Jesús está rodeado de más luz que el primero. Pues en el primero, el Padre generó a Cristo en secreto sin testimonios, ahora gloriosamente proclama su divinidad; San José creído padre, lo justificó (cfr. Mt. 1, 19), aquí Dios, que no era retenido Padre, asume su puesto; allá su madre está expuesta a las sospechas, porque el padre no era abiertamente declarado, aquí la madre es sujeto de honor, porque la Divinidad reconoce su Hijo” (San Máximo de Turín, sermones 13a, 2).

El abrirse los cielos significa la venida del perdón de nuestros pecados y de la máxima bendición de Dios hacia nosotros (Orígenes, Homilías sobre el Evangelio de Lucas 27,5). Se preanuncia ya nuestro bautismo, como un don de la Santísima Trinidad presente en este acontecimiento: El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo inclinados con amor inaudito por nosotros (San Ambrosio, Exposición del Evangelio según Lucas 2,92). El Espíritu Santo que consagró a Cristo, inicia una vida nueva a favor de la humanidad caída, para ser incorporada a Cristo por medio del bautismo, donde recibimos el Espíritu Santo y la adopción de hijos de Dios, como un don del Padre (San Cirilo de Alejandría, Cometario a Lucas, homilía 11). Como el Espíritu Santo acompañó a Jesús en su ministerio público para darle eficacia, así también nos acompaña en toda nuestra vida para darle sentido pleno a nuestra existencia (San Cipriano, La virtud de la paciencia 6).

La aparición del Espíritu Santo en forma de paloma, nos habla de Noé después del diluvio, donde en el Arca figura de la Iglesia, se posó la paloma símbolo de la paz; ahora se posa sobre Cristo, cuyo cuerpo, somos nosotros, la Iglesia. La declaración que Jesús es el Hijo predilecto, no sólo es el aspecto más importante del bautismo de Jesús, pues muestra su unidad indisoluble con el Padre (San Ambrosio, Exposición del Evangelio según Lucas 2,94), sino también la declaración pública y solemne que Dios Padre hace de nosotros en nuestro bautismo, al llamarnos y al constituirnos sus verdaderos y auténticos hijos.

Los vaivenes y dificultades de nuestra vida como cristianos, básicamente se deben y tienen solución, a que con orgullo vivamos y testimoniemos la riqueza de nuestro bautismo. En él encontraremos con toda seguridad, el sentido más maravilloso de nuestra vida y los caminos eficaces para transmitir su riqueza y contenido a los que conviven con nosotros y a todos aquellos que profesan, viven y testimonian su compromiso y riqueza bautismal.

† Felipe Padilla Cardona