XX Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo C

CATEQUESIS DE JESUCRISTO SOBRE LOS FRUTOS DE SALVACION QUE TRAE CON SU BAUTISMO Y CON EL FUEGO (Lc. 12, 49-53)

Escrito por: S.E. Don Felipe Padilla Cardona

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

En el presente Evangelio Jesús explica qué clase de fuego trae a la tierra y sus consecuencias a favor de la humanidad: este fuego es el fuego del Evangelio que viene por medio del Espíritu Santo en el bautismo: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego” (Mt.13, 11) como afirma Juan el Bautista (San Cirilo de Alejandría, Comentario a Lucas, Homilía 94); es el fuego que ardía en el corazón de los discípulos de Emaús por la Palabra de Jesucristo (San Ambrosio, Isaac o el alma 8,77); es el fuego del Espíritu Santo derramado en Pentecostés (San Cirilo de Jerusalén, Las catequesis, 17,8). Es el fuego capaz de descubrir la malicia del pecado y manifestar las auténticas obras de caridad (San Basilio de Cesarea, Sobre el Bautismo, 1,2).

¿De qué bautismo nos habla Jesús?: de su bautismo, pues Jesús ha iniciado su ministerio de salvación con un bautismo de agua en el Jordán, bautismo con el que cargó todos los pecados de la humanidad; Jesús completa su ministerio con un bautismo de sangre sobre la cruz, donde perdona los pecados del mundo. El Bautismo de Jesús sobre la cruz es el culmen de todos los bautismos que encontramos en la Palabra de Dios, pues todos adquieren sentido en él de Jesús (San Juan Damasceno, La Fe Ortodoxa 4,9). Por consiguiente, el fuego y el bautismo que hoy Jesús nos habla se refieren a su muerte en la cruz y a su gloriosa resurrección, y nos invita a participar activamente en ellas.

Fuego y bautismo de los cuales nosotros participamos por medio de nuestro bautismo que nos purifica, que nos perdona nuestros pecados y nos da la fuerza, el poder del Espíritu Santo, que nos hace capaces de pedir perdón y perdonar; de hacer crecer y madurar nuestra vida cristiana, por medio del amor del Espíritu Santo, que nos impulsa a amar y a compartir este amor con hechos y con obras frecuentes entre nosotros, pero sobre todo a favor de los más pobres y necesitados. Porque sólo dando y compartiendo este amor, podremos vivir como auténticos seguidores de Cristo y construiremos un mundo, una sociedad mejor, siempre con la fuerza del Espíritu Santo y en unión con nuestros hermanos.

¿Qué sentido tiene la frase: “piensan a caso que he venido a traer paz a la tierra? de ningún modo. No he venido a traer la paz sino la división”, cuando Lucas a menudo señala que la paz es el don mesiánico por excelencia, pues el Mesías viene a guiar nuestros pasos por el camino de la paz (1,79), es decir, no vino a traer la paz que predica el mundo, la paz fácil manifestada por los falsos profetas (Jer. 6,14; 8,11; Ez. 13, 10. 16), sino vino a traer la auténtica paz, fruto del Espíritu Santo.

Hermanos, Jesucristo nos invita a ser constructores de paz apoyados en el fuego y en el Espíritu Santo recibidos en nuestro bautismo, requisito indispensable para alcanzar la vida eterna, que tiene como prenda, como garantía segura el Espíritu Santo, que está en nosotros. Jesús de ninguna manera nos dice que no debemos amar a nuestras familias, sino que no debemos amarlas más de cuanto debemos amar a Dios, pues El, amándolo así, nos donará el don de la paz que necesitamos en nuestra persona, en nuestra familia y en nuestra sociedad. Y de esta manera, nos ayudará a construir en comunidad, nuestro destino eterno en el cielo

+ Felipe Padilla Cardona.