Ser profetas modernos: predicar con la alegría del corazón

de Enrique Díaz Díaz
Obispo Coadjutor de San Cristóbal de las Casas

23 Enero

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Hebreos 8,6-13: “Cristo es el mediador de una alianza mejor que la antigua”, Salmo 84: “Muéstranos, Señor, tu misericordia”, San Marcos 3,13-19: “Jesús llamó a los que Él quiso, para que se quedaran con Él”

Son los inicios de la actividad evangelizadora de Jesús y tiene que buscarse colaboradores que junto con Él inicien esa aventura grandiosa de construir un Reino Nuevo. La llamada de estos colaboradores está llena de signos. El lugar donde lo hace es la montaña que para la cultura judía como para casi todas las culturas, tiene el sentido simbólico lugar de encuentro con Dios. Así el llamado parte no sólo desde ahora, sino desde la eternidad con la voluntad expresa de Dios.

Jesús llama a los que Él quiere y así su actividad profética empieza a diferenciarse de otros maestros que más bien son requeridos por quienes los están buscando. Esta iniciativa conviene tenerla muy en cuenta porque lo mismo sucede en nuestras vidas: antes que nosotros demos muestras de nuestro tibio amor por Jesús, Él se nos ha adelantado amándonos sin condiciones. Su llamado tiene tres finalidades muy concretas que también nosotros tendremos que tener en cuenta este día: son llamados en primer lugar para se quedaran con Él.

La primera actividad es acercarse a Jesús y permanecer con Él. Sólo si aceptamos a Jesús que comparte nuestras vidas, si participamos con Él, podremos conocerlo plenamente y enamorarnos de su persona y de su misión. No podemos ser misioneros por comisión o por intereses: necesitamos que brote espontáneamente como una exigencia de nuestro encuentro con Jesús.

La segunda finalidad es la predicación. Entendámonos bien. Predicación no quiere decir sermones o rollos que los otros tienen que aguantar. Predicación es transmitir una experiencia bella que hemos compartido con Jesús. Es la alegría que no cabe en el corazón y nos lleva a transmitirla a los hermanos.

Y la tercera finalidad que hoy nos presenta San Marcos, es expulsar demonios. Y vaya que hay demonios en nuestro ambiente. No pretende Jesús que la hagamos de exorcistas, que ellos también tendrán su lugar y su tarea, sino que toda maldad, toda mentira, toda injusticia, tendrá que ser borrada de nuestra vida y de la vida de la comunidad.

Ahora Cristo nos llama amorosamente también a cada uno de nosotros y nos invita a ser sus colaboradores en la construcción del Reino. ¿Qué le respondemos a Jesús? ¿También de nosotros podrá decir San Marcos: “y ellos lo siguieron”?