Homilía del Nuncio Apostólico en 300º Aniversario del hallazgo de la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe del Agostadero y Coronación Pontificia

Homilía de S.E.R. MONS. CHRISTOPHE PIERRE
Nuncio Apostólico en México
300º Aniversario del hallazgo de la Imagen de
Nuestra Señora de Guadalupe del Agostadero y Coronación Pontificia
(Villa García, Zac., Diócesis de Aguascalientes, 16 de junio de 2015)

Queridas hermanas y hermanos,

Con inmensa alegría hemos venido a postrarnos a los pies de Nuestra Madre celestial con motivo de la solemne Coronación Pontificia de la bella imagen de Nuestra Señora de Guadalupe del Agostadero; Coronación solemne que, movidos por el amor que nutren a la Virgen Santísima, pidieron al Santo Padre Francisco les concediera, y quien, para gozo de todos los devotos de la “Guadalupana”, ha otorgado con paterno afecto y benevolencia.

Nos gozamos por ello, hermanos y hermanas, dando gracias de todo corazón, porque, “al llegar la plenitud de los tiempos”, no solo “envío Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos”, sino que, a través de esta imagen también nos ha enviado a María como misionera de consuelo, de aliento, de conversión y de salvación; como guía en el camino de la vida y llevarnos a Jesús.

Me siento, por tanto, feliz de haber tenido la dicha de coronar, con la autoridad y representación de nuestro querido Papa Francisco, esta bendita imagen y celebrar esta Eucaristía en Acción de Gracias por el don de la Virgen Madre del verdadero Dios por quien se vive; de la “llena de gracia”; de la “Madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza”, de la “Morada de Dios entre los hombres” y Arca de la nueva Alianza que llevó en su seno a Jesucristo Nuestro Señor.

¡Sí, hermanos, estamos felices!, porque hoy tenemos la oportunidad de honrar a quien, con su amorosa presencia, nos ha honrado a nosotros siendo Madre nuestra. Honramos a María, pero, al hacerlo, queremos también contemplarla y escucharla, seguros de que así haciendo, estaremos siempre con Jesús. Porque donde está Jesús, está siempre María.

La Virgen Santa María, en efecto, está siempre junto a su Hijo Jesús y también junto a nosotros para que la invoquemos y miremos, no solo como Madre, sino también como modelo de vida, de fe, de disponibilidad y de radical respuesta a la palabra de Dios. Para eso está también aquí, bajo la figura de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe del Agostadero. Está aquí para que la miremos y para que, mirándola, la imitemos en su fe, en su amor y en su confianza, en su obediencia sin límites a Dios, y en su generosidad para ayudar a todo aquel que la necesita, como hizo también en las Bodas de Caná.

Jesús y María están aquí con nosotros. Están conmigo, contigo y con todos. Porque, por voluntad de Jesús, todos somos hijos de María, hijos de Dios Padre y hermanos entre nosotros en Jesús. Somos, por tanto, una sola familia en torno a la Madre común; y por ello estamos felices: ¿verdad que sí?

Pero, valdría la pena pensar: si ahora somos felices coronando solo la imagen de María, ¿cuánto no será el gozo que podremos experimentar si un día logramos contemplarla, cara a cara, en el cielo? Y esto podría ser una feliz realidad: ¡verla cara a cara en el cielo! ¿Cómo?

La respuesta es sencilla: a María podremos verla cara a cara en el cielo, si con el esfuerzo y empeño de cada día, perseveramos en el camino que Ella nos muestra e invita a seguir, pidiéndonos: “hagan lo que mi Hijo les dice”. Hacer de nuestra vida una existencia toda conforme a la voluntad de Dios, amándolo y obedeciéndolo con todo el corazón y con todas nuestras fuerzas.

¿Es difícil esto? ¡Sí!, tal vez. Pero no imposible. Porque Dios ayuda, y para Él “nada es imposible”; pero también porque, en nuestro camino por el mundo, la Virgen está siempre junto a nosotros guiándonos, sosteniéndonos y orientándonos. Por eso, -como dice el Papa Francisco-, cobijados por la mirada de María, redescubramos a Dios en Jesús. Como Ella afirmemos y confesemos a Dios con la palabra y con los hechos, avivando y alimentando en nosotros la experiencia de su presencia viva en Cristo.

Nosotros, cada uno y todos, tenemos el privilegio de ser hijos de Dios e hijos de María. Pero precisamente por ello debemos esforzarnos por ser mejores discípulos de Jesús y verdaderos hijos de María. Y es este el compromiso que deberíamos asumir a partir de hoy: vivir con María, escuchar a María, imitar a María para, como Ella, ser fieles al Padre y a su Hijo Jesucristo. Así podremos ofrecer a María una corona que le sea siempre sumamente grata.

Porque, ¿qué significa coronar la imagen de María? El libro del Apocalipsis nos ofrece unas palabras que nos ayudan a comprender lo que significa la corona en la vida cristiana. Dice: “Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Ap 2, 10). La corona es el premio a la fidelidad, es el reconocimiento de la victoria al final del combate contra el mal; es el gozo de la llegada a la meta de la vida; es el cumplimiento de los anhelos más profundos. San Pablo, hacia el final de su vida decía: “He luchado el noble combate (…), he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de justicia” (2Tm 4, 7-8). La coronación es fiesta a la fidelidad.

Y modelo grande de fidelidad es María, la Mujer que recorrió el camino que Dios le señaló sin desviarse; la que acogió y obedeció la Palabra del Señor guardándola en su corazón y cumpliéndola con esmero. La que permitió se pudiera realizar el acontecimiento central y más decisivo en toda la historia de la humanidad: ¡la Encarnación y nacimiento del Hijo de Dios! Por esas y por otras muchas razones, coronamos hoy la imagen de María.

La coronamos porque, así, proclamamos su fidelidad a Dios, pero también su fidelidad a nosotros, sus hijos. La coronamos porque Ella es la Madre del Hijo de Dios que ya participa plenamente de la gloria en cuerpo y alma; porque es la Madre de la Iglesia y Madre que acompaña con su protección maternal a los discípulos de su Hijo de todos los tiempos y de todos los lugares, a lo largo de su peregrinación por los caminos del mundo y de la historia.

Queridas hermanas y hermanos, sobre la imagen de María hemos puesto una corona! Pero, ¿qué consecuencias se derivan para nosotros? ¿Se trata simplemente de un acto bello, emocionante, solemne e histórico, o es algo más?

De suyo, hermanos y hermanas, nos engañaríamos si solo nos quedáramos en lo externo y superficial de esa ceremonia. Porque, si hoy proclamamos Reina a María, no es solo para hacer fiesta, sino porque de verdad creemos y porque de verdad queremos que Ella reine en nuestros corazones, en nuestras conciencias, en nuestras familias y comunidades, en nuestras ciudades, en nuestra Iglesia diocesana y en toda la sociedad. Es porque queremos que Ella efectivamente reine y brille en nuestro camino como signo de consuelo y de esperanza; que Ella nos ayude a vivir y hacer lo que Jesús nos pide; que sea Ella quien día a día nos acerque a Jesús para que, pidiéndolo, recibamos su perdón y la vida que se nos da en los sacramentos.

Ustedes, queridas hermanas y hermanos, que desde hace trescientos años han sentido tangible en sus vidas el amor de Madre de María a través de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe del Agostadero, esfuércense por corresponder a esta gracia asumiendo su condición de hermanos, amigos, discípulos y mensajeros de Jesucristo. Esfuércense por ser, todos y cada uno, a imagen de María, “buena noticia” para su tierra, para la nación mexicana y para el mundo entero.

En este templo, María acoge a todas sus hijas e hijos recordándonos que el amor del Padre por nosotros es tan grande, que por todos y cada uno y por nuestra salvación ha enviado al mundo y entregado a la muerte en cruz, a su Hijo Jesucristo Nuestro Señor, gracias al cual también tenemos el inmenso privilegio de ser hijos de María; privilegio único, pero también responsabilidad, porque ser hijos de María significa querer ser, con nuestra vida, palabras y actitudes, hijos que la obedecen y que así alegran su corazón.

De suyo, queridos hermanos y hermanas, la corona que María más quisiera recibir de nosotros y la que mejor podríamos y deberíamos nosotros regalarle, es aquella que nosotros podemos ir conformando cuando, unidos en el amor mutuo y solidario, vivimos la comunión y la fraternidad, comprometiéndonos seriamente a favor de la reconciliación y de la paz, y en la ayuda generosa y constante a los hermanos que sufren.

Y, entonces, coronemos a María con nuestra vida y con todos y cada uno de los actos de nuestra vida. Y pidámosle que, con su intercesión, el Señor logre tocar los corazones de todos y nos mueva a trabajar para alcanzar la victoria del amor sobre el egoísmo, de la justicia sobre la corrupción, del respeto a la dignidad humana frente a la ambición, la delincuencia, la violencia y la soberbia.

Permitamos que Ella sea Reina y Madre en nuestra vida. Caminemos con Ella y en comunión con toda la Iglesia. Tengamos fe como Ella manteniendo nuestra confianza en Dios sobre todo en los momentos de prueba y de sufrimiento; acerquémonos frecuentemente a la confesión: sacramento de la misericordia de Dios; participemos con devoción y gozo en la Eucaristía dominical; mantengámonos firmes en la fe y vivamos la caridad, para que siendo fieles compartamos un día, con Santa María, la Victoria de Jesucristo, su Hijo, y consigamos la corona de gloria que jamás se marchita.

Así sea.